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La cortina de humo; traición retórica y omisión estatal

La política desprovista de rigor ideológico se reduce, inevitablemente, a un teatro de sombras donde el guion lo dicta el cálculo inmediato.

El reciente episodio de la Reforma Electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum no solo ha evidenciado el oportunismo en los “aliados” por conveniencia; sino que, en Oaxaca, ha servido para observar una puesta en escena de indignación que merece ser analizada bajo la lupa de la congruencia.

La transferencia de culpa como estrategia

La reacción visceral de ciertos actores locales ante la postura del Partido Verde y el PT no es un arrebato de purismo democrático. Es, en esencia, una operación de limpieza de imagen. Al señalar con dedo flamígero la felonía de los otrora aliados, se activa un mecanismo de distracción diseñado para que el brillo de la denuncia opaque la opacidad de la gestión propia.

Se pretende que, al condenar la traición externa, la administración estatal y la dirigencia local de MORENA queden blindadas, encapsuladas en una superioridad moral que sus resultados recientes no logran sostener.

La doble cara de la deslealtad

Es imperativo distinguir las formas de la traición. Si bien el voto en contra de la Reforma Electoral representa un obstáculo al proyecto de nación y una traición al contenido ideologico, político y económico de la Cuarta Transformación, existe una deslealtad más silenciosa pero igualmente corrosiva: el divorcio entre el ejercicio del poder y las causas que lo originaron.

Oaxaca es, históricamente, una tierra de memoria y resistencia. Por ello, resulta un ejercicio de cinismo intelectual que quienes hoy ostentan el poder local utilicen el fallo ajeno como una cortina de humo. Intentan ocultar que, mientras señalan la paja en el ojo de los otrora aliados, su propia gestión se desliza hacia un pragmatismo que ignora el sacrificio de las luchas populares que los llevaron al cargo.

La claudicación moral

En la política oaxaqueña actual, se intenta lavar el rostro institucional con el lodo de la descalificación externa. Sin embargo, la salud de una democracia no se mide por la estridencia de sus comunicados de condena, sino por la coherencia innegociable entre la narrativa y la ejecución del presupuesto.

En nuestra entidad, gobernar de espaldas a los intereses populares de las oaxaqueñas y oaxaqueños, mientras se exige lealtad es, en última instancia, una claudicación moral. El riesgo para nuestra sociedad no reside solo en un voto legislativo adverso y traidor, sino en la erosión de la confianza de un pueblo que observa cómo sus representantes prefieren el juego de la propaganda antes que la virtud del servicio honesto.

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