Más allá de la letra: La Constitución de 1917 como teoría social
El pasado 5 de febrero, México conmemoró el 109 aniversario de la promulgación de su Carta Magna. Si bien la efeméride es indiscutiblemente un hecho de suma importancia en el calendario cívico nacional, la fecha nos obliga a realizar una pausa reflexiva: ¿qué es exactamente lo que celebramos? ¿Festejamos simplemente la vigencia de un compendio de preceptos jurídicos contenidos en un libro, o celebramos que ese conjunto de normas encierra y representa una teoría social, una ideología que marcó una ruptura definitiva con el pasado?
La respuesta parece inclinarse hacia lo segundo. La Constitución de 1917 no fue meramente una actualización legal; fue la materialización de una nueva teoría que rompió con el individualismo propio del librecambismo y del capitalismo incipiente de la época. La esencia de nuestra Ley Fundamental radica en ponderar lo colectivo por encima de lo individual, un cambio de paradigma que transformó la estructura del Estado mexicano.
Esta visión social quedó plasmada magistralmente en el artículo 27. En él, la propiedad dejó de ser un derecho individual absoluto para convertirse en una concesión que la nación otorga a los particulares, pero que mantiene sujeta al interés público. Este principio no solo hizo a la nación propietaria inalienable de sus recursos naturales —suelo, subsuelo, espacio aéreo, mares y litorales—, sino que sentó las bases jurídicas para la política de nacionalizaciones, comenzando por la del petróleo. Fue, en esencia, la estrategia fundamental para asegurar nuestra independencia frente al exterior y, fundamentalmente, frente al poder de los monopolios extranjeros.
La misma teoría social se extiende a la protección de la fuerza laboral y la formación de los ciudadanos. El artículo 123 reconoció los derechos colectivos de la clase trabajadora, incluido el derecho de huelga, mientras que el artículo 3° delineó una teoría educativa democrática y antiimperialista. Sin embargo, es necesario señalar con autocrítica que este último postulado ha sido, en ocasiones, una teoría olvidada tanto por las autoridades como por sectores del propio magisterio.
En resumen, la Constitución que celebramos es la que contiene la teoría social propia del “tercer tiempo” de la Revolución Mexicana, misma que no debemos entenderla como un episodio aislado, sino como parte integral de un mismo proceso histórico de lucha del pueblo de México.
Precisamente por su carga ideológica y social, esta Constitución fue el objetivo de los gobiernos neoliberales, quienes, por medio de múltiples reformas, buscaron despojarla de su esencia teórica, para intentar regresar el país al individualismo librecambista precapitalista.
Recordar su origen social es, hoy más que nunca, defender su propósito.
Pa’lante siempre