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Oaxaca, historias de artesanos

El Economista.

Una artesana acaricia la superficie húmeda de una masa de barro; la pieza no deja de girar gracias al movimiento acompasado, hipnótico, de sus manos. El giro de ese florero —¿o cántaro? — en ciernes, transcurre en el interior de la Alfarería Doña Rosa, hogar de una mujer oaxaqueña que a mediados del siglo pasado libró una batalla inusual contra la revolución tecnológica que planteó en su comunidad la llegada de artículos domésticos de peltre y plástico.

La mujer narra que ante la baja en ventas de la alfarería fue Doña Rosa, matriarca de la familia y pionera de la alfarería local, quien tuvo una ocurrencia genial: incorporar un elemento adicional al giro del barro para sepultar para siempre a su color gris opaco. Los resultados fueron, al mismo tiempo, afortunados e inesperados.

Cuenta la artesana mientras mantiene al barro dando vueltas: “Doña Rosa vivió en la época en que el plástico y el peltre remplazaron a la alfarería. Fue en 1953 cuando ante la baja de pedidos supo dotar de belleza a sus creaciones, al punto de convertirlas en artículos ornamentales. Fue ella la creadora, ni más ni menos, de la técnica del barro negro de Oaxaca que hoy empleamos”.

Sin ocultar el orgullo que le ocasiona su parentesco con Doña Rosa, la mujer explica que la matriarca descubrió que al tallar con un cuarzo la pieza terminada, ésta adquiría un brillo inédito que aumentaba su atractivo.

Para lograr este resultado, la pieza tenía que estar recién oreada para que pudiera permitir el sellado de los pozos del barro con un tallado posterior, logrando así un primer brillo instantáneo. Después, había que cubrir un tiempo exacto de cocción para que pudiera tomar el color negro, aumentando su resplandor y atractivo a la vista. El éxito fue inmediato.

El barro adquiere un tono negro resplandeciente tras pasar siete horas de cocción en un horno artesanal. Antes, fue tallado con un trozo de cuarzo.

El nacimiento de esta técnica definió la vocación del pueblo al ganar dos batallas: primero, al derrotar al peltre y al plástico que amenazaron con acabar con la alfarería local; después, con el surgimiento de generaciones enteras de artesanos oaxaqueños que, cual legiones de poéticos guerreros, viven desde entonces obsesionados con la belleza que provee el barro negro.

En medio de las cavilaciones de su pequeña audiencia, la artesana mantiene su labor y toma un pedazo de piel de buey para dar suavidad a los bordes redondeados de una pieza que ya insinúa su naturaleza. No obstante, fue un movimiento suave en la boquilla el que resolvió el misterio y delató, en definitiva, el surgimiento de un cántaro; el pico por donde habría de fluir el agua es inconfundible.

Después, con ayuda de una jícara, la mujer sigue raspando hasta conseguir un acabado más fino y, en un afán perfeccionista, continúa dibujando líneas caprichosas en la superficie de su cántaro ayudada con un palo.

“San Bartolo Coyotepec ha sido pueblo de alfareros desde hace siglos y, aunque estuvo cerca de desaparecer, la alfarería revivió”, relata segundos antes de ser interrumpida por un hombre que permanece atento a su explicación y pregunta: “¿Cómo se sabe si una pieza es utilitaria o es ornamental?” y la respuesta de la artesana no sale de sus labios: con ayuda de un palo más largo que el empleado para dibujar sobre el cántaro, procede a golpear, ligeramente, el borde circular de tres piezas redondas como platos. Así, descubre el nacimiento de tres notas musicales —las famosas do, re, mi— y concluye su presentación en medio de una lluvia de aplausos espontáneos.

Al recorrer la Alfarería Doña Rosa, decenas de estantes exhiben el derroche de creatividad del taller, expresado en jarrones calados —de esos que albergan velas en su interior para transmitir grabados insólitos a las paredes de una habitación —; búhos, caballos, delfines y sirenas, además de cruces, candelabros de una pieza y figuras geométricas ávidas de embellecer cientos de mesas y escritorios. También se ofertan bolas de barro fresco que prometen devolver la frescura al rostro más cansado.

El proceso de creación de un alebrije inicia con la talla de madera de copal y concluye con la puesta de color en pieza. Puede tomar hasta seis semanas de duración.

 

ALEBRIJES DE COPAL

San Antonio Arrazola es un pueblo tranquilo perteneciente al municipio de Santa Cruz Xoxocotlán, y se ubica al centro de la exuberante geografía de Oaxaca. Aquí, un túnel natural creado por bambúes y terracería permite transitar entre el mundo real y el fantástico, conduciendo al hogar de miles de alebrijes que, siempre extravagantes y distintos, parecen lanzar el reto de encontrar alguno idéntico a ellos entre la multitud de piezas exhibidas.

Los caminos urbanos del poblado alternan ascensos y descensos entre casas de puertas abiertas que, en la práctica, funcionan más como laboratorios de sueños que como refugios al calor oaxaqueño. Y hasta el viento parece conspirar en la creación de una atmósfera extraña —inusualmente fresca a pesar del sol que cae plomizo sobre el suelo— al esparcir los aromas de la madera y las pinturas a lo largo y ancho de las calles: podría afirmarse que aquí es posible encontrar un taller de artesanos guiado sólo por el olfato.

El taller de la familia Ramírez es uno de los más visitados en la comunidad, y ha cobrado prestigio internacional por colaborar con algunas firmas de fama global, como Huawei y Pineda Covalín; carta de presentación que anticipa la vista de piezas dotadas de un carisma que sólo puede emanar de manos mexicanas. Manos como las de Pablo Franco, quien luce absorto en la talla de una figura animal inspirada en un xoloitzcuintle, esa raza canina de gran valor histórico que posee una belleza particular. Tal como los alebrijes.

El artesano narra que fue en su pueblo donde se inició la talla de madera en la creación de alebrijes, esos seres fantásticos que nacieron, a su vez, de la imaginación de Pedro Linares, un artista de la Ciudad de México que en los años 30 los concibiera entre sueños sin saber que, con ello, habría de definir el futuro de una comunidad que hoy vuelca sus esfuerzos en la noble y romántica tarea de materializar fantasías.

Mientras talla las patas de su obra, Pablo menciona que la primera parte en la creación de un alebrije involucra el tallado del copal; después sigue un periodo de secado y el recubrimiento de las vetas nacientes con pegamento industrial. La mirada del experto sólo se desprende de la pieza entre parpadeos.

“El xoloitzcuintle es mi pieza favorita y también es una de las más pedidas en el taller; no sé por qué, pero le gusta mucho a los turistas. Inicié con esta actividad a los 12 años y ahora, a mis 30, me dedico de lleno a la creación y diseño de alebrijes”, confiesa mientras concentra sus esfuerzos en lograr una curvatura singular en las patas de su obra: quiere proyectar la sensación de que su pieza se encuentra al acecho.

El artesano cuenta que en el taller todos participan en distintas etapas del proceso; desde el tallado, que se realiza a partir de trozos de copal, hasta el pintado, que supone un grado máximo de atención al detalle que llega a rayar en lo obsesivo, poniendo a prueba en todo momento y en sentido literal, el pulso artesano del pintor a cargo.

“Los nahuales fueron las primeras tallas de madera que se realizaron en Oaxaca. Todas compartían el mismo principio: cuerpo de animal y cabeza de ser humano. Desde entonces, uno de los secretos para crear piezas de calidad es utilizar madera fresca que permita obtener buenas tallas, evitando quiebres posteriores. Es un trabajo arduo que representa a mi pueblo. Cada casa adquiere un estilo propio, todos hacemos trabajos distintos”, afirma Pablo.

Al descender unos escalones y tras dejar atrás al hombre ocupado en la talla de su alebrije, el taller descubre a una decena de artesanos en la pinta de las piezas de madera. La gama de colores empleada despierta en los espectadores una fascinación casi infantil que antecede al descubrimiento de una nueva legión de seres imaginarios que parecen arrancados de historias imposibles.

En los estantes cohabitan gorilas con escamas circulares, llenas de puntos, barras y flores que, a manera de tatuajes, desbordan una simetría perfecta que contrasta con sus posturas insólitas, llenas de gracia. También abundan las cabezas de jaguares con el hocico abierto, descubriendo sus fauces coloridas cerca de conejos que poseen orejas que se alejan de las proporciones reales; finalmente, son seres fieles al reinado de fantasía del cual proceden.

Afuera de la casa de los Ramírez, un mural presume la capacidad del pueblo de convertir los sueños de sus habitantes en increíbles personajes. Seres de ensueño que habrán de compartir espacio, más tarde, con las piezas de barro negro que ya ocupan un lugar especial en la memoria y en el equipaje de los turistas. Nadie se resiste a llevar consigo un pedacito de Oaxaca.

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